CAMINAR EL TIEMPO ATRÁS

Muy temprano en la mañana, cargamos mochilas al hombro y emprendimos el viaje con mamá hacia San Giovanni in Fiore. Tomamos el tren rumbo a Cosenza, la estación estaba tan vacía que me recordó a las ciudades argentinas del interior, donde no vuela una mosca después de las doce. Todavía faltaban un par de horas de viaje en colectivo, pero la intriga por llegar al pueblo donde empezó mi familia materna no dejó lugar al cansancio.
Para llegar a San Giovanni in Fiore hay que recorrer un camino que atraviesa las montañas. Aquel día estaba nublado y el reflejo del cielo les daba un tono esmeralda oscuro. Con tantas curvas me dormí unos minutos, pero me desperté justo a tiempo para ver los picos nevados a lo lejos. “Tengo que volver a Italia en invierno”, pensé.
Llegamos al hotel un poco cansadas, pero aun así quisimos salir enseguida a recorrer la ciudad. Cuando el recepcionista (un señor de unos 50 años muy amable y sonriente) nos comentó que no había autos para alquilar, ni taxis ni colectivos, nos dimos cuenta cuán lejos estábamos de casa. Daba la impresión de que había vuelto el tiempo atrás
En este rincón del planeta nació mi bisabuelo, muchos, muchos años atrás. Un año antes de este viaje, mi abuelo le contó a mamá que le hubiese gustado visitar la tierra de su familia. Lamentablemente ya no tenemos a nuestro querido Héctor entre nosotros, así que decidimos hacer el viaje… en su nombre.
La tarde seguía gris, agregándole cierto dramatismo a la caminata. El ambiente era muy tranquilo, no se oía ni un bocinazo; sólo la radio de algún taller mecánico de fondo. La construcción en general era muy simple: paredes de cemento o piedra, tejas estilo español y balcones de reja. Las calles angostas y en pendiente eran un ejercicio obligado para muslos, glúteos ¡y pulmones!
Unos veinte minutos después llegamos a la zona céntrica que constaba de dos calles principales de no más de cinco cuadras cada una. Y tampoco había embotellamientos. No había mucho para hacer, tomamos estos días para descansar y comer ricos y abundantes platos de comida casera. ¡Los cuatro días en Roma nos habían dejado extenuadas!
Por las mañanas, las personas mayores, especialmente los hombres, se juntaban de a grupos (asumo que serían compañeros de colegio o amigos de barrio de toda la vida) y elegían una esquina bien soleada. Algunos permanecían de pie; otros se sentaban en los bancos de piedra que había en las veredas. Y ahí se quedaban durante toda la mañana charlando o simplemente mirando la nada. Dudo que alguna vez hayan sufrido picos de stress, o que se saltearan el encuentro diario por ataques de pánico. A la tarde, el mismo ritual, siempre de frente al sol para no tener frío.
Al día siguiente retomamos la caminata con un par de indicaciones que nos había dado “nuestro amigo” recepcionista. La verdad que nos hacíamos entender bastante bien. Vieron cómo es, cuando uno viaja a Italia (lo mismo ocurre en Brasil) cree que en dos horas domina el idioma perfectamente.
Conversamos con un par de personas y así, entre señas, palabras inventadas y mechando inglés cada vez que podíamos, dimos con la calle donde nació mi bisabuelo… y se nos puso la piel de gallina. No supimos cuál era la casa con exactitud, pero estuvimos en su cuadra; cuadra en la que quizás jugó algún picadito con los bambinos. Volvimos al centro con la sonrisa dibujada y los ojos vidriosos de la emoción. Y a esta altura, ya caminábamos seguras como si fuéramos locales.
Nos detuvimos en un cartel con el mapa de la ciudad; definitivamente teníamos que registrar nuestra presencia en este lugar tan especial. Así que nos acercamos a un grupo de abuelos que charloteaban a viva voz para pedirles que nos saquen una foto. Al dirigirles la palabra automáticamente dieron dos pasos hacia atrás, supongo por timidez. Sólo uno quedó al frente desprotegido y extendió la mano amablemente, pero con desconfianza. Bastaron segundos para que el resto del grupo empezara a hacerle bromas: “¡ehhhh american boy!” le gritaban con el mejor acento italiano “¡foto, foto american boy!”. Ninguno pudo aguantar la tentación y empezamos a reírnos a carcajadas. La gente a nuestro alrededor también se sumó.
Seguimos riéndonos un par de cuadras más… y recién ahí, después de que nos confundieran con dos gringas, notamos que debíamos ser las únicas extranjeras de paso por la ciudad. Y probablemente este chiste lo comentaron durante un par de días mientras dejaban pasar las horas al sol. Pobre viejito… ¡lo deben haber vuelto loco! Pero la foto salió bastante encuadrada dada las circunstancias.
A la mañana siguiente nos despedimos de San Giovanni luego de un café, uno de los más fuertes que tomamos desde que pisamos Italia. No creo que volvamos, pero definitivamente valió la pena recorrer sus callecitas empinadas.
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