PICNIC AFRANCESADO

Hoy amaneció aguado en la ciudad de Buenos Aires. La luz gris que asomaba entre las persianas me chistó ¡levantate que está divino! Bajé a la panadería, quería que la manteca se me derritiera en el pan recién salido del horno. Tenía una mañana de esas. Inevitablemente la media cuadra que caminé con la capucha puesta y el olorcito a baguette en la nariz, me trasladó a la lluviosa París.

Mon Dieu, Paris… Tuve el lujo de visitarla tres veces, y volvería otras treinta de ser posible. Con cada visita me enamoré más y más de la ciudad; será que tengo una guía turística personal esperándome cada vez llego [salut, Juanit!]. Pero en esta oportunidad no quiero contarles de la grandeza de la ciudad de la luz, sino de un día en particular. Precisamente el último día que, por supuesto, estuvo pasado por agua.

Si existe una lista de frases clave cuando uno viaja, en ella debe estar “no dejes para el último día lo mejor”. Lógico ¿no? Porque pueden ocurrir miles de factores que hagan que nunca llegues a ese lugar tan especial. Y en este caso, estábamos hablando de visitar la Torre Eiffel. Habíamos planeado organizar un picnic a sus pies, en le Champ-de-Mars (Campo de Marte) y siendo pleno verano el programa no podía sonar mejor. La mañana nublada no despertó sorpresa en nosotros, todo el mundo sabe que París es así. 
Seguimos con el plan: compramos una mini baguette calentita y un nuevo queso que habíamos probado al que nos hicimos adictos: un Saint Félicien. Bajamos al metro con caras sonrientes, finalmente era el día de encontrarnos con la esplendorosa. 

Y como era de suponer por cómo viene el relato, saliendo del subte empezamos a cruzar personas cerrando paraguas y otras con pilotines empapados. ¡Qué desilusión! Aquí surge la frase que les comenté, condimentada con un poco de indignación. Pero hicimos desaparecer la bronca enseguida, le pusimos buena cara al mal tiempo y salimos con el rompe-viento puesto. Todo es tan pintoresco que ni con neblina pierde glamour.

Una cuadra antes de llegar, paró de llover. Y justo después de comprar el vino rosado que completaría el menú del día asomó un rayito de sol. Amplia fue la carcajada mirando al cielo. Ahora sí que nos tomaba por sorpresa. ¡Y no estoy exagerando para que el final de esta historia sea feliz! Desplegamos las camperas en el pasto para no embarrarnos y dos minutos después hacíamos chin-chin con vasitos de plástico. Nos dio tiempo para degustar la picadita y para dar un par de suspiros de esos que sin palabras dicen “no puedo creer dónde estoy”.

Acto siguiente, oleada de gente corriendo en busca de reparo. Empezaba llover otra vez. Lo breve y bueno, dos veces bueno ¿no? No dejen de hacer picnic cualquiera sea el pronóstico del tiempo que les toque, y para recuperarse del chaparrón un café bien fuerte.

Dejar la torre para el último día pudo haber sido un mal plan, pero terminó convirtiéndose en uno de esos momentos inolvidables. La magia del espíritu viajero creo yo.

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